Esa
era una mañana soleada. Una de las primeras del año. Empezaba a irse el
frío, y llegaba el calor. “Por fin”, pensaban el grupo de chicas que
estaba entrando en ese momento en clase. Estaban a finales de abril. Les
resultaba muy agradable salir al patio y sentir el calor, sin ver
ninguna nube de esas que entristecen. Todo se veía de diferente manera.
Pero a Lorena no le gustaban los días soleados. Al menos, no ése.
Siempre ha sido una chica suelta, siempre sonríe. Habla con todo el mundo.
A simple vista se ve que es feliz. Trata bien a los que la tratan bien.
Pero
ése, concretamente ese día y a esa hora exacta, ésa no era la Lorena de
siempre. Estaba cabizbaja, sin las arrugas en sus ojos marrones que se le hacen cuando sonríe. Esa sonrisa que ese día no estaba.
Solía
ser le centro de atención, aunque no fuera ésa su intención. Por eso,
cuando entró en clase, todos se fijaron en ella y algunos cuchicheaban,
otros le preguntaban qué era lo que le pasaba. Aunque ella parecía
ausente.
De pronto, el profesor entró. Un poco más tarde de lo normal, quizás. Le pidió a Lorena que saliera un momento fuera.
Cuando entró en clase, iba con un papel en la mano, con el profesor detrás y con lágrimas en los ojos.
Intrigados, empezaron la clase.
Sara Gutiérrez Vallejo, 3º ESO A
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